Sus manos acariciaron su rostro…
Las pesadas manos, sobre los ojos…
Como deteniendo al tiempo.
El camino era de tierra, como todos los laberintos que aparecían en sus sueños.
—Ya no veré a nadie, a nadie —pensó.
Irse de todos lados siempre requiere una sola certeza.
Un largo viaje se muestra como una soledad constante.
Cerró los ojos un instante. Dejó que el aire acariciara los surcos de su rostro.
Miró hacia sus pies y los vio descalzos.
Se asombró de la blancura de ellos.
Pensó lo extraño de presentarse así ante alguien.
—De tanto andar, me olvidé de verme —dijo.
Uno debería tener ojos en la espalda, para ver cómo las huellas desaparecen.
Respirando hondo uno encuentra su propio sentido de vida.
Resistir es lo único que nos hace memoria.
¿Por qué será que siempre hay viento en los adioses?
Al fin, sin miedo, sus ojos sintieron el camino.
La nostalgia invadió su pecho, como cuando uno sabe que hay destino, pero no cuándo.
Como aferrándose al pasado que ya no verá, y a un presente que desconoce.
—Si pudiera decir todo lo que no dije, o amar todo lo que no he amado...
Es tarde, ya todos duermen.
Lo concreto es la calle. Es el llamado a retirarse a tiempo, antes de que llegue la agonía inútil.
El chasquido de la lengua rompió el silencio y abrió el abismo.
Caminar, ¿quién sabe cómo?
Si solo aprendimos a pararnos.
¿Qué importa la experiencia, si donde vamos hay solo amnesia?
Cuando uno logra olvidar, el cuerpo se pone liviano. Tal vez sea la memoria la que nos ancla al pasado.
Tanto recordar tiene el doble sentido de sostener y de envejecer, olvidándose de uno mismo.
—Si mi madre me viera tan dubitativa, me miraría con ojos de fuego.
Es increíble cómo uno vuelve siempre a los mismos lugares cuando se siente acechado por los insomnios.
Las lejanías se producen cuando uno fija la vista en el camino. Uno debería mirar hacia los costados para engañar a la distancia.
Los altos pinos dibujan sobre el cielo su sombra. Los pájaros pasan rasantes sobre los frutos rojos del monte.
—Podría quedar aquí. ¿Qué más da?
Pero la urgencia provenía de sus piernas, aunque lentas. El objetivo era claro: partir.
Alguien algún día escribirá que es mejor irse de los lugares antes de tiempo...
...que es mejor engañar a todos y burlarse del oráculo.
El río fluye como un quejido sobre las pequeñas rocas azules.
Los arcoíris no son los que parecen, y allí descansan los sueños.
—A mi edad, saltando estas piedras de colores...
Siempre es mejor el movimiento que la quietud. Quedarse quieto es regalarle ocio a las agujas del reloj.
La repetición te lleva a cometer los mismos errores. No te hace sabio, te hace copia.
Reflexionar sería una eterna conversación con la experiencia.
La fila de árboles no deja ver los laterales. Sus flores azules forman un muro que no deja desviar el camino.
—Solía tener alergia a todo, hasta al sol.
El mundo te contagia del mundo. Tiene la capacidad de un virus que no tiene cura, de una pandemia que busca que todo sea igual, hasta en las soledades.
El aroma dulce del aire. El sabor a pecho materno.
El túnel es ciego. El instinto se apaga y uno pierde el control de los pies, y siente cómo el cuerpo se inunda.
—Así será el final de todo.
El agua va tranquilizando todo. Uno deja que suceda.
El miedo es, al fin y al cabo, una luz disfrazada de sombra.
—Aquello debe ser el final. La luz.
Hay momentos en que uno grita tan fuerte, y otros en que tarda en darse cuenta.
Ya no se puede fingir.
Con los ojos llenos.
Con la boca llena.
De todo.
Héctor Acevedo