Miércoles, 08 Julio 2026 15:42

Parada Robles Bitácora de viaje

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Pisando ramitas secas. 

Rompiendo este silencio atroz...

 

Los árboles callan y el sol apenas rompe el verde despertar del día. 

¿Cuántos años han pasado ya? Esta peste que sigue como si nada...

 

Surcos inundaron mi piel, surcos por donde el tiempo se jacta de presencia.

 

La casa, rodeada de telas de araña, está clavada sobre un terreno de barro. Para llegar hay que rodear las casuarinas. 

 

Desde aquí parece deshabitada. No me extrañaría: aquí el tiempo se detuvo y todo parece en blanco y negro...

 

El techo de la casa es de zinc y el óxido hizo lo suyo. 

Las ventanas son pequeñas y la puerta es enorme. Las arañas tejieron un enorme rombo que cubre desde la puerta hasta la ventana, una obra maestra de la naturaleza.

 

Rodeo la casa para ver si puedo meterme por otro lado, ya que por algún motivo el sueño me trajo hasta aquí. 

La puerta de atrás está abierta de par en par. Una cortina de tiras coloradas separa el fondo de la casa.

 

Entro. Porque no debería hacerlo. 

 

El lugar está abandonado, aunque está todo bien acomodado y hay olor a humedad. 

Parece ser que las arañas se adueñaron junto con las hormigas negras. En todo el espacio viven en armonía.

 

Detrás de la puerta hay una escoba. Se ve que quieren que la visita se vaya pronto. Con la escoba despejé el lugar para llegar a la cocina, que me regala otro espectáculo de las arañas, que con más esmero hicieron sobre el techo una especie de escalera que llega al piso.

 

Un enorme hormiguero se posa en una esquina y un camino hecho de hojas de malvón seco. 

Unas sillas de madera y paja por debajo de la mesa.

 

Camino a una pieza, la pared se descascara. 

La cama de dos plazas, con colchón de resorte y espaldar de fierro. 

Sobre una manta, un álbum de fotos abierto. 

 

Las imágenes están pegadas sobre un plástico y la erosión ha hecho lo suyo. 

Serán unas treinta fotos en blanco y negro. 

La primera es de un tractor enorme y un señor de unos cincuenta años arriba. La siguiente, dos hombres con horquillas. Y así, todo el álbum refleja los trabajos y herramientas del campo de hace muchos años.

 

Dejo el cuarto y voy hacia el fondo. Desde allí se puede ver un alambrado que separa la casa de un campo, y más allá, unos corrales.  

Hay osamentas de ganado esparcidas por todo el lugar...

 

El lugar es muy silencioso. 

Imagino este lugar de noche y me dan escalofríos. 

Cuando oscurece, y con la sugestión de por medio, el miedo puede ser un puñal helado en la espalda.

 

Me acuerdo que una noche de boliche, el Vasco salió mamado, se subió al caballo y emprendió a su casa atravesando el campo y la luna. Habían estado desde temprano bebiendo caña y contando leyendas de luz mala y apariciones, así que el Vasco salió en desventaja con el miedo y el chupi.

 

En la mitad del camino empezó a sentir un frío en la espalda que iba desde los hombros hasta la cabeza, que le sudaba. 

Las piernas le temblaban y las ajustaba al caballo. 

 

Fue al pasar por el cañaveral. Allí sintió una mano que lo agarró del hombro y cayó desplomado en el piso y abrazó a la muerte. 

 

Por la mañana, Juanjo salió a cabalgar el campo y lo encontró tirado entre las cañas, con la camisa agarrada a una rama que se había enredado entre el chaleco y el brazo.

 

El miedo es un invento del hombre para contener al más distraído. 

Las sombras existen porque existe la noche... 

Pero cada cual procesa según su creencia...

 

 Héctor Acevedo