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Parada Robles  Bitácora de viaje
Lunes, 31 Agosto 2026 08:01

Parada Robles Bitácora de viaje

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..y de repente el silencio que hiela la sangre, es el camino que se pronuncia y se bifurca, enfrentar la realidad, como la verdad, sin filtros...

Hay noches que sueño con calles que no conozco,
con lugares de piedra,
gente que se acerca sabiendo de mí y yo jamás las he visto...

Qué extraña sensación soñar con otros cuerpos, otros rostros.
Siempre me aventuro en historias extrañas, como si tendría que salvar a todos de todos.
Callejones oscuros,
caminando con los ojos cerrados,
con la terrible sensación de saber adónde conducen.
Fiestas extravagantes,
luces pequeñas apenas sobre los rostros.
Una continua repetición de todo,
como si los otros me esperaran para comenzar no sé qué cosa.
Pero allí, entre tanta muchedumbre,
hay espacios vacíos, como incompletos.
Llego y todo comienza.
Saludos extraños que me inventan mis manos,
ojos que atraviesan todo.
Esperan cualquier movimiento para hablarme.
Por algún motivo se presentan como un mar de cabezas inquietas.
Yo los conduzco,
no sé adónde,
pero es allí donde quieren ir,
como si estarían perdidos.
Esperan cada noche,
cada sueño,
para llegar,
para ser,
al fin,
lo que sus destinos hicieron con ellos.
Nieblas...
Un pueblo me sigue dormido, de ojos abiertos.
Intento no mirarlos, no interrogarlos, los siento detrás, sobre mi sombra.

El errante caminante llegó bendiciendo a pie, su ropa desgarrada, su pelo largo como sauces llorones, unos ojos que podían iluminar todo.
Se quedó un tiempo sobre la colina vieja de la antigua feria, allí la gente iba a mirarlo, y a prenderle velas o algunas veces pan y vino.
El pueblo esperaba que en algún momento dijera algo, algún sermón, pero los días pasaban y seguía allí, inmutable.
De a poco lo fueron dejando solo, ya nadie lo visitaba, y era un decorado en ese lugar.
Los jóvenes decían que era un loco y que nada tenía de profeta.

Un día, de mucho calor, el Juani, el Cholo y el Fabián, juntaron kinotos y le fueron a tirar para que se moviera, pero nada lograron, es más, se aburrieron y se fueron.
En el boliche se empezó a decir que era un loco.
Y así fue que el comentario corrió tanto, que el pueblo comenzó a creerlo.
Se reunieron con las autoridades exigiendo que lo internaran en un loquero, y como no era problema de dinero, ni de partidismo, el domingo lo vinieron a buscar y se lo llevaron.

Así el pueblo retomó su vida. El lunes siguiente, el Juani andaba repartiendo pan casero y vio al loco en el mismo lugar de siempre.
En su Aurorita el Juani salió a toda velocidad a contar la noticia.
El alboroto llegó a cada esquina del pueblo y a la media hora todos estaban mirando al loco de la colina.
Allí estaba él, tieso, sentado y de ojos abiertos.
La Raquel hizo un camino de calas blancas que conducía al loco y la Ñata barrió y regó la tierra.
Como podrán ver, ya era parte del paisaje. De vez en cuando caía algún médico a mirar su estado de lejos, porque nadie se acercaba.
El informe que llegó del loquero no arrojó ningún resultado, solo dijeron que lo soltaron por falta de mérito.

La noticia del loco de la colina llegó a oídos de los enfermos que se acercaron en cantidades. "Cuando la ciencia no encuentra respuesta, la fe es el camino", dijo el Fausto.
Así fue, la gente se acercaba a mirarlo, a pedirle... Le dejaban ofrendas, fotos, y ya el lugar parecía un santuario.
El sábado era el día de más concurrencia.
La situación se complicó cuando desde la parroquia mandaron una carta al Arzobispo quejándose porque la gente no iba a misa, que todos oraban en la colina.
La respuesta a la carta fue la siguiente: "Si todos van a orar a la colina, ustedes deben acompañar, la fe no es un mercado".

Así fue nomás, en un acoplado el cura se acercaba los sábados a dar misas a la gente que venía.
Así fueron cuarenta noches y cuarenta días.
La mañana del sábado cuarenta y uno, el loco desapareció.
La gente lloraba desconsolada, se echaban la culpa unos a otros, pero el loco no estaba.
Llamaron al loquero sin respuesta, a las autoridades, y nada.
Así había quedado la colina, vacía.
Nadie quería subir al lugar, porque creían que era un lugar santo.

El cura llegó en el acoplado de tractor como todos los sábados, la gente pidió respuesta santa.
El párroco inspeccionó el lugar rezando con la gente por detrás, sin respuesta.
Todos se retiraban cabizbajos.
El Daniel, gran rastreador, se quedó humeando.
La gente se dispersaba, triste.
El grito de Daniel alertó a los caminantes.
—Encontré algo —dijo.
Los peregrinos frenaron en seco y volvieron sus cabezas hacia atrás.
El Daniel encontró sangre y unas huellas de sangre detrás del níspero, de allí cruzando el alambrado seguían hacia el centro del poblado.
Ahora todos seguían al sabueso, y el cura inventaba un vía crucis perfecto.
Para colmo, los rastros terminaban detrás de la capilla.
Al dar vuelta, al rodear el edificio eclesiástico, los ojos del pueblo no podían creer lo que veían.
En una cruz, clavado, yacía sin vida el loco.
Semejante imagen hizo de los ojos eternas lagunas claras, y el viento y la lluvia lavaron los cuerpos...
Pero todos seguían ahí, parados frente a la colina, enfrentados al silencio, a la terrible soledad.

Sí de algo se puede estar seguro, es que las cosas existen para quien quiera creer.
Los sueños tienen la verdad absoluta de interrogar el alma...
En esta infinita conciencia de lo que no se habla y no se dice...
Estoy teniendo los síntomas del olvido y de a poco mi cuerpo se va poniendo tieso...


De Héctor Acevedo — @ebriosaleelsol