ser o intentar ser otro es tomar las líneas de fuga de un destino, también, es válido ser otro para evitar los destinos hipócritas.
Amanecer en la mañana lo hace cualquiera, el tema es soportar la noche solemne de sueño. ¿De qué vamos a huir cuando no queden las anteojeras que simulaban futuro? Yo amanezco sin pies, los voy formando al caminar el día, según las piedras, según el barro o el agua.
La mañana se presenta fría, la primera helada de junio trajo consigo la necesidad de abrigo: unos guantes de lana azules, una gorra y bufanda.
Es un día duro, rumbeo para el Jularo. Parada Robles fue construida sobre enormes callejones, tal vez, para los carretones que se trasladaban con bueyes.
Aquí, sobre este camino, narra la historia más insólita. El lugar es muy oscuro, casi como el abismo; cuando llueve lo hace en negro y lo único que ilumina es el relámpago, si lo hay. Alguien dijo alguna vez que entrar al Jularo era entrar al infierno sin fuego.
Una noche de esas cerradas, donde ni las estrellas salen, el Juani venía del fondo con su Aurorita a destellos del dínamo. Venía a velocidad del miedo, aunque las piernas temblaban del frío y del cansancio del pedaleo para hacer funcionar la luz artificial. Del otro lado del pueblo venía el Pedromanuel con su bicicleta de esas inglesas color verde militar, algo tomado, eso dijeron.
Cuando ambos se encontraron cerca del campo de Allienz, ambos de la misma mano, chocaron sus bicicletas y quedaron abrazados escupiendo tierra. Los rodados quedaron incrustados uno con otro. El pueblo decía que había sido un empate y que había que definir por penales.
Fue tan raro el suceso que el diario tituló "El clásico fue empate" y agregó "Se negaron a la prueba del doping".
Así era ese callejón: podían suceder las historias más locas, como cuando el Rodri se encontró con un gaucho de Güemes a media noche buscando la montonera, o el Beto que se encontró con el Solitario, una especie de fantasma que aparecía, te hablaba y si lo escuchabas o mirabas se te metía adentro. Según el Beto, cuando lo vio le convidó un cigarro y se quedaron chupando sidra.
Es cuestión de prestar oídos y ojos, decía la Ñata.
Camino despacio, cada paso es reconstruir el pasado, la memoria.
Todo aquí es un grito, un duelo del camino, una reencarnación del silencio.
¡Ave María Purísima!
¡Sin pecado, sin pecado!